miércoles, octubre 19

Azotea

Leía esa compilación de relatos sobre esta ciudad incluyendo algunas historias acerca de las azoteas, y no pude resistir la tentación de contar la mía.

Sucedió en el antiguo edificio del centro. Me correspondía el cuarto del número 15; y cuando digo que me correspondía me refiero a todo lo que había en ese cuarto: 2 hermanas y un piso de cemento frío pero acogedor en todos los sentidos.

Primero fue con Lupe, en mi departamento. La dejé entrar más por calentura que por gusto. Era fea. Sí, fea a secas y no se humedecía nunca. Fueron dos o tres veces nada más. Luego volvió al pueblo por el hijo que seguramente cuidaba la anónima madre pues al padre sí lo conocí y nunca me vio con buenos ojos, menos aún cuando se enteró de lo que pasó entre la Maru y un servidor.

Pero él la mandó conmigo para que yo les arreglara lo de la luz. Él la envió como presa de un feroz y lascivo cazador. Cuando la ví envuelta en esas mallas negras pensé que estaba frente a una mujer inocente de formas agradables. Apenas pude palpar esa vez su piel y sentir su torpe respiración, y nuestro primero encuentro sucedería un tiempo más adelante, una vez que se fue la Lupe.

También sucedió en mi depa la primera vez. Luego fue cosa de subir a las 2 de la mañana, bien perico, a tocar su puerta y tocar su piel, toda su piel, su carne dura y blanca y generosa. Luego se volvió costumbre.

Una vez me rechazó. Estaba con otro, pero no me importó. Regresé siempre que pude. O siempre que la erizes me obligaba.

Volví una noche muy fría. Ya no podía. Me gobernaba el papel. Me vine adentro, se asustó, me asusté, nos asustamos. Quedó embarazada.

Tres meses después, a punto de cumplir 12 semanas lo hicimos otra vez. Fue glorioso. Fue probarnos como perros en brama y no soltarnos. Nunca me dí el tiempo de explorar su lado ardiente, ése de frases y palabras sucias, o más bien transparentes y plenas de ardor.

Nos dejamos de ver una noche que bajó a mi departamento a llorar sobre mi hombro.

Me culpó, me odió y su piel se volvió corriente. Se hizo gorda, descuidada, se abandonó al recuerdo y a eso que no pudo tener y quedó en el frío recipiente de restos sanguinolentos de un hospital clandestino.